LA PUERTA QUE ISOLDA ABRIĂ“ BAJO LA LLUVIA LE CAMBIĂ“ LA VIDA PARA SIEMPRE
“NO TENGO DÓNDE IR CON MIS HIJOS”… Y AQUELLA ANCIANA SOLITARIA TOMÓ UNA DECISIÓN QUE NADIE ESPERABA
—¡Por favor, señora! ¡No me cierre la puerta!
La voz de aquella mujer se perdiĂł entre los truenos.
Isolda se quedó inmóvil detrás de la puerta de su vieja casa, escuchando cómo la lluvia golpeaba el techo de lámina.
A sus setenta y nueve años, habĂa aprendido a desconfiar de los desconocidos.
VivĂa sola en aquel rincĂłn de Tabasco desde que la muerte le habĂa arrebatado a su esposo y, años despuĂ©s, a su Ăşnica hija.
Desde entonces, la casa se habĂa convertido en un lugar demasiado grande para una sola persona.
Pero aquella noche alguien estaba afuera.
Una mujer empapada.
Una niña temblando.
Y un bebĂ© envuelto en una manta que ya no podĂa protegerlo del frĂo.
Isolda tomó su lámpara y abrió apenas la puerta.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Celene.
—¿Qué quiere?
Celene bajĂł la mirada.
—No quiero dinero.
—Entonces, ¿qué busca?
La mujer tragĂł saliva.
—Un lugar donde dormir.
Isolda observó detrás de ella.
HabĂa un burro amarrado al portĂłn.
Sobre el animal llevaba un colchĂłn viejo, una olla, dos costales y algunas prendas.
Era evidente que aquella mujer habĂa llegado con todo lo que poseĂa.
—Aquà no hay lugar —respondió Isolda.
Celene apretó al bebé contra su pecho.
—Aunque sea déjenos dormir en el corredor.
—No.
—En el granero.
—Tampoco.
La niña dio un paso hacia adelante.
Estaba descalza.
Isolda la mirĂł.
—¿Cómo se llama?
—Isabela.
La pequeña tenĂa siete años.
Sus labios temblaban, pero no lloraba.
Eso llamĂł la atenciĂłn de Isolda.
Los niños que todavĂa tienen esperanza lloran.
Los que ya han sufrido demasiado aprenden a guardar silencio.
—¿Dónde está su padre? —preguntó la anciana.
Celene cerrĂł los ojos.
—Se llamaba Esteban.
Su voz se quebrĂł.
—Murió hace cuatro meses.
—¿De qué?
—Una enfermedad. No tuvimos dinero para llevarlo a un hospital.
Isolda bajó lentamente la lámpara.
—¿Y desde entonces?
—Hemos estado de un lado para otro.
Celene mirĂł a sus hijos.
—Hoy nos echaron del lugar donde estábamos.
—¿No tiene familiares?
—Los que tenĂa viven lejos. Y nadie quiere hacerse cargo de dos niños.
Hubo un silencio.
La lluvia continuaba cayendo.
—Sé cocinar —continuó Celene—. Sé lavar, sembrar, ordeñar, cuidar animales. Puedo trabajar desde que salga el sol hasta que oscurezca.
Isolda negĂł con la cabeza.
—Yo no necesito una trabajadora.
Celene respirĂł profundamente.
—Entonces déjeme quedarme por mis hijos.
Isolda sintiĂł un nudo en la garganta, pero se obligĂł a responder con frialdad.
—No puedo.
Celene asintiĂł.
—Está bien.
Se volvió hacia la niña.
—Vamos, Isabela.
La pequeña tomó la mano de su madre.
Pero antes de alejarse, Celene mirĂł nuevamente a Isolda.
—Usted vive sola, ¿verdad?
Isolda frunció el ceño.
—¿Y eso qué importa?
—Que usted no tiene quien la cuide.
La anciana se quedĂł callada.
Celene señaló a sus hijos.
—Y yo no tengo dónde vivir con ellos.
Aquellas palabras atravesaron a Isolda.
Porque eran ciertas.
Ella podĂa tener una casa.
PodĂa tener tierras.
PodĂa tener comida.
Pero cuando le dolĂa la cadera, nadie la ayudaba a levantarse.
Cuando se enfermaba, nadie preguntaba por ella.
Cuando caĂa la noche, nadie pronunciaba su nombre.
Aun asĂ, Isolda cerrĂł la puerta.
—Váyanse.
Celene no insistiĂł.
Se alejĂł bajo la lluvia.
Isolda se quedó detrás de la puerta.
IntentĂł convencerse de que habĂa hecho lo correcto.
Preparó café.
Apagó la lámpara.
Se acostĂł.
Pero no consiguiĂł dormir.
Escuchaba el viento.
La lluvia.
Y, de vez en cuando, el llanto débil del bebé.
Isolda se tapó la cabeza con la sábana.
—No es asunto mĂo —murmurĂł.
Pasaron unos minutos.
Entonces escuchĂł un grito.
—¡Mamá!
Isolda se levantĂł de golpe.
TomĂł su bastĂłn y caminĂł hasta la ventana.
Afuera, Isabela estaba en el suelo.
HabĂa resbalado sobre el barro.
Celene intentaba levantarla mientras protegĂa al bebĂ© con un brazo.
La pequeña lloraba de dolor.
Isolda cerrĂł los ojos.
Por un instante recordĂł a su propia hija.
RecordĂł la primera vez que la niña habĂa tenido fiebre.
Recordó sus pequeñas manos.
RecordĂł cĂłmo habĂa pasado noches enteras sentada junto a su cama.
Y recordĂł el dĂa en que tuvo que enterrarla.
La casa quedĂł vacĂa despuĂ©s de aquello.
Isolda habĂa cerrado aquella habitaciĂłn.
También cerró una parte de su corazón.
Pero esa noche entendiĂł que llevaba años castigándose por pĂ©rdidas que no podĂa cambiar.
AbriĂł la puerta.
—¡Celene!
La mujer levantĂł la cabeza.
—¡Entre!
—¿Qué?
—¡Entre antes de que se enfermen!
Celene corriĂł hacia la casa.
Isolda tomó a la niña de la mano.
—Vamos, hija.
Fue la primera vez que llamó asà a alguien en muchos años.
Esa noche les dio comida.
BuscĂł ropa seca.
PreparĂł una cama para Isabela.
Y acomodó al bebé cerca del fuego.
Celene no dejaba de agradecer.
—No me dé las gracias —dijo Isolda—. Mañana hablaremos de trabajo.
—SĂ, señora.
—Y deja de decirme señora.
Celene sonriĂł tĂmidamente.
—Entonces, ¿cómo le digo?
—Isolda.
—Está bien, Isolda.
Aquella palabra hizo que la anciana sonriera.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien habĂa pronunciado su nombre dentro de aquella casa.
A la mañana siguiente, Isolda despertó y descubrió algo extraño.
La cocina estaba limpia.
HabĂa agua fresca junto a su cama.
El patio estaba barrido.
Y sobre la mesa habĂa cafĂ© caliente.
Celene habĂa trabajado desde antes del amanecer.
Isolda sonriĂł.
Pero después escuchó el sonido de unas pisadas.
SaliĂł al corredor.
Celene estaba cargando nuevamente sus pertenencias sobre el burro.
Isabela tenĂa al bebĂ© en brazos.
—¿Qué haces? —preguntó Isolda.
Celene se volviĂł.
—Nos vamos.
—¿Por qué?
—Porque usted fue buena con nosotros anoche. No quiero abusar de su confianza.
Isolda se quedó mirándola.
—¿Adónde irán?
Celene no respondiĂł.
—No lo sé.
La anciana miró a los niños.
Después miró aquella casa enorme.
Dos habitaciones permanecĂan cerradas desde hacĂa años.
Una habĂa pertenecido a su hija.
La otra estaba llena de las cosas que habĂa guardado de su familia.
Isolda respirĂł profundamente.
—Celene.
—¿S�
—Desata las cosas.
—¿Por qué?
Isolda señaló la casa.
—Porque ya no quiero que esas habitaciones permanezcan cerradas.
Celene comenzĂł a llorar.
—No entiendo.
Isolda tambiĂ©n tenĂa lágrimas en los ojos.
—Yo pensaba que conservar las habitaciones intactas significaba que estaba conservando a los que perdĂ.
MirĂł hacia la ventana.
—Pero ellos no van a regresar.
Luego tomĂł la mano de Isabela.
—Y esta casa no merece seguir vacĂa.
Celene se cubriĂł la boca.
—¿Nos está diciendo que podemos quedarnos?
Isolda asintiĂł.
—Si tú quieres trabajar, trabajaremos juntas.
Miró al bebé.
—Y esos niños tendrán un techo.
Isabela corriĂł hacia ella y la abrazĂł.
Isolda cerrĂł los ojos.
Al principio no supo qué hacer.
Después rodeó a la niña con sus brazos.
Y llorĂł.
LlorĂł por su hija.
Por su esposo.
Por los años que habĂa pasado sola.
Y tambiĂ©n por aquella familia que habĂa llegado a su puerta sin nada.
Aquella mañana, Isolda comprendiĂł algo que jamás habĂa imaginado:
A veces uno abre la puerta creyendo que va a salvar a alguien.
Y termina descubriendo que era uno mismo quien necesitaba ser salvado.
Desde aquel dĂa, la casa dejĂł de estar silenciosa.
Se escucharon risas.
Pasos pequeños.
El llanto de un bebé.
El ruido de los platos.
Y la voz de Celene llamando a Isabela para desayunar.
Años despuĂ©s, cuando alguien le preguntaba a Isolda por quĂ© habĂa dejado entrar a una desconocida aquella noche, ella siempre respondĂa lo mismo:
—Porque aquella mujer llegó buscando un techo para sus hijos.
Entonces miraba hacia el patio, donde Isabela ya era una joven.
SonreĂa.
Y agregaba:
—Pero sin saberlo, me devolviĂł algo que yo creĂa perdido para siempre.
—¿Qué cosa?
Isolda miraba su vieja casa.
—Una familia.
Autor
Blanca Vazquez Casanova