
—Nos ahorraste mucho dinero.
El hombre sonrió mientras recorría la enorme casa recién terminada. Las paredes impecables, los acabados de lujo y el jardín perfecto eran el resultado de meses de trabajo.
El contratista lo miró en silencio.
—Se están equivocando conmigo.
El otro hombre, acompañado de su esposa, soltó una risa burlona.
—¿Equivocándonos? —dijo ella—. Al contrario, hicimos un excelente negocio.
El contratista apretó los puños, pero su voz se mantuvo firme.
—Descuiden… todo está registrado.
El hombre alzó una ceja.
—¿Registrado?
—Sí —respondió con calma—. Cada material, cada pago a los trabajadores, cada conversación.
La mujer rodó los ojos.
—Ay, por favor. No nos asustes.
El contratista los miró por última vez.
—Disfruten la casa hoy.
Se giró hacia la puerta.
—Mañana hablará mi abogado.
El hombre soltó una carcajada.
—Claro, claro. Haz lo que quieras.
La puerta se cerró.
Y el silencio llenó la casa.
—No va a hacer nada —dijo la mujer—. Esa gente siempre amenaza y nunca cumple.
El hombre asintió.
—Además, ¿qué puede probar?
Brindaron con copas de vino.
—Por la casa gratis.
A la mañana siguiente, el timbre sonó a las ocho en punto.
El hombre abrió la puerta con molestia.
—¿Qué quieren a esta hora?
Dos personas estaban frente a él.
Un abogado… y un oficial judicial.
—Buenos días —dijo el abogado—. Venimos por el caso de incumplimiento de contrato.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué contrato?
El abogado sacó una carpeta gruesa.
—El que firmó para la construcción de esta propiedad.
La mujer apareció detrás.
—Esto es ridículo.
El abogado abrió los documentos.
—Aquí están sus firmas.
Luego mostró otro papel.
—Y aquí las transferencias registradas que usted debía realizar.
El hombre comenzó a ponerse nervioso.
—Eso… eso no prueba nada.
El abogado levantó otra hoja.
—También tenemos grabaciones donde usted admite que no piensa pagar.
El silencio cayó.
La mujer dio un paso atrás.
—Eso es ilegal.
—No —respondió el abogado—. Es evidencia.
El oficial judicial intervino.
—Por orden del tribunal, esta propiedad queda embargada hasta que se resuelva el caso.
—¿Embargada? —repitió el hombre.
—Sí —confirmó—. No pueden venderla, modificarla ni habitarla sin autorización.
La mujer miró alrededor desesperada.
—Pero… vivimos aquí.
El abogado cerró la carpeta.
—Debieron pensar en eso antes de negarse a pagar.
El hombre levantó la voz.
—¡Esto es un abuso!
El abogado lo miró con frialdad.
—No. Esto es justicia.
Horas después, la pareja estaba sentada en la sala vacía.
La casa que habían celebrado como “gratis” ahora era una carga.
El teléfono sonó.
El hombre contestó con manos temblorosas.
—¿Sí?
La voz del otro lado era tranquila.
Era el contratista.
—Espero que hayan disfrutado la casa.
El hombre apretó el teléfono.
—Podemos arreglar esto.
—Claro que sí —respondió el contratista—. Siempre quise arreglarlo.
Hizo una pausa.
—Pero ustedes prefirieron aprovecharse.
El hombre bajó la voz.
—Te pagaremos.
—Ahora ya no es solo el pago.
El silencio se volvió pesado.
—También están los intereses… los daños… y los costos legales.
La mujer comenzó a llorar.
—Por favor…
El contratista habló por última vez.
—Con el trabajo honesto no se juega.
La llamada se cortó.
Y en ese momento…
entendieron que lo barato…
les iba a salir demasiado caro.