
—Gracias a Dios que nos dejamos, mugroso.
Claudia cruzó los brazos mientras miraba al hombre con desprecio.
—Fíjate ahora… trabajando en mantenimiento. Das pena y vergüenza.
El hombre sostenía una caja de herramientas. Su uniforme estaba manchado de pintura, pero su expresión era tranquila.
—Si quieres un trabajo mejor, dímelo —continuó ella con arrogancia—. Hablo con mi marido, que es el gerente de este lugar, y te ponemos en una posición mejor.
El hombre la observó unos segundos.
—Fue un gusto verte, Claudia.
Ella soltó una risa burlona.
—Por favor, dile a tu marido que pase por mi oficina.
El hombre asintió con calma.
—Claro.
Claudia se giró, satisfecha.
—Me das risa, mugroso infeliz.
El hombre caminó hacia el pasillo sin responder.
Pero al alejarse, murmuró en voz baja:
—A quien le dará mucha risa… es a mí.
Hizo una pausa.
—Cuando cancele a su marido frente a ella.
Sus ojos cambiaron.
—Porque todo esto es mío.
Minutos después, Claudia estaba en su oficina revisando documentos.
—Amor —dijo por teléfono—, ven un momento. Hay algo que quiero que veas.
—Voy para allá —respondió su esposo.
Poco después, la puerta se abrió.
Entró Daniel, su marido, con traje elegante.
—¿Qué pasa?
Claudia sonrió.
—Nada importante. Solo quería que vieras a alguien.
En ese momento, alguien tocó la puerta.
—Adelante —dijo ella.
La puerta se abrió lentamente.
Y entró el hombre de mantenimiento.
Claudia sonrió con desprecio.
—Mira, amor. Este es mi ex.
Daniel lo miró con indiferencia.
—¿Y?
Claudia continuó.
—Está pidiendo trabajo mejor. Pensé que podrías ayudarlo.
El hombre dejó la caja de herramientas en el suelo.
Luego miró directamente a Daniel.
—Señor gerente.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
El hombre sacó un documento de su bolsillo.
—Antes de hablar de puestos… creo que deberían ver esto.
Claudia rodó los ojos.
—¿Y ahora qué drama es este?
El hombre colocó los papeles sobre el escritorio.
Daniel los tomó con molestia.
Pero a medida que leía…
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
El hombre respondió con calma.
—Los documentos de compra.
Claudia frunció el ceño.
—¿Compra de qué?
El hombre dio un paso adelante.
—De este edificio.
El silencio fue inmediato.
—Eso es imposible —dijo Daniel.
El hombre negó con la cabeza.
—No lo es.
Señaló los papeles.
—Desde esta mañana… todo este lugar me pertenece.
Claudia soltó una risa nerviosa.
—Esto es una broma.
Pero Daniel no se reía.
Seguía leyendo.
—Las firmas… los sellos…
Levantó la mirada lentamente.
—Esto es real.
El aire se volvió pesado.
Claudia retrocedió un paso.
—¿Qué?
El hombre cruzó los brazos.
—Hace años decidí empezar de cero.
Miró su uniforme.
—Por eso nadie sabía quién era realmente.
Luego miró a Claudia.
—Ni siquiera tú.
El silencio era absoluto.
Daniel tragó saliva.
—Entonces… usted es…
—El nuevo dueño.
Claudia sintió que el mundo se le venía abajo.
—Eso no puede ser…
El hombre caminó alrededor de la oficina.
Observando todo.
—Hace unos minutos…
Se detuvo frente a ella.
—Me ofreciste un trabajo mejor.
Claudia no sabía qué decir.
—Ahora entiendo algo —continuó él—.
Hizo una pausa.
—No cambiaste nada.
Sus ojos reflejaron decepción.
Daniel intervino nervioso.
—Señor, podemos hablar de esto…
El hombre levantó la mano.
—No.
Luego miró a Daniel.
—Usted queda despedido.
El silencio explotó.
—¿Qué? —balbuceó Daniel.
—Un gerente que permite ese tipo de trato en su empresa… no sirve.
Claudia comenzó a temblar.
—Por favor…
El hombre la miró por última vez.
—Y tú…
Ella bajó la mirada.
—Sigue riéndote.
Se giró hacia la puerta.
—Porque ahora sí… tendrás razones para llorar.
Salió de la oficina sin mirar atrás.
Claudia cayó en la silla.
Daniel se quedó paralizado.
Porque en cuestión de minutos…
El hombre al que habían llamado “mugroso”…
Les había quitado todo.