
—Señor, la casa ya está lista. Espero que le haya gustado.
El contratista se quitó el casco mientras observaba la enorme mansión frente a ellos. Durante meses él y su equipo habían trabajado sin descanso para terminar la construcción.
—Solo falta firmar el contrato y que me entregue el dinero para poder pagarle a los trabajadores.
El dueño de la casa, un hombre elegante llamado Esteban, observó la propiedad con una sonrisa arrogante.
—¿Qué dinero?
El contratista frunció el ceño.
—El pago por la construcción, señor. Tal como acordamos.
Esteban soltó una pequeña risa burlona.
—No te voy a dar nada.
Los trabajadores que estaban cerca dejaron de moverse.
—¿Cómo dice? —preguntó el contratista con incredulidad.
Esteban caminó lentamente por el jardín recién terminado.
—Si insistes demasiado…
Se detuvo y lo miró con desprecio.
—Llamo a migración y los deportan.
El silencio cayó como una piedra.
Muchos de los trabajadores eran inmigrantes que llevaban años luchando por ganarse la vida con esfuerzo.
El contratista apretó los puños, pero respiró profundo.
—Está bien… no pasa nada.
Los trabajadores lo miraron sorprendidos.
—Quédense con el dinero.
Esteban se cruzó de brazos.
—¡Es que no te daremos nada!
Los empleados comenzaron a murmurar con rabia, pero el contratista levantó la mano para calmarlos.
—Tranquilos —dijo con serenidad.
Esteban sonrió con arrogancia.
—Así me gusta. Sabes cuándo estás derrotado.
El contratista lo miró en silencio durante unos segundos.
En su mente pensó:
Ellos creen que yo soy un don nadie.
Luego miró a sus trabajadores, hombres que habían pasado días enteros bajo el sol, levantando paredes, cargando materiales y construyendo cada rincón de esa casa.
Con el sudor de mis trabajadores no se juega.
Pero no dijo nada más.
Solo hizo una señal.
—Muchachos, recojan sus cosas.
Los trabajadores comenzaron a marcharse lentamente.
Esteban los observó desde la terraza con una sonrisa de satisfacción.
—Así es la vida —dijo para sí mismo—. Los tontos trabajan y los inteligentes se quedan con el dinero.
Horas después, en una pequeña oficina del centro de la ciudad, el contratista estaba sentado frente a un abogado.
—Entonces, ¿quiere proceder? —preguntó el abogado.
El contratista asintió con calma.
—Sí.
El abogado abrió un expediente lleno de documentos.
—Según el contrato, el señor Esteban firmó un acuerdo legal donde acepta pagar la totalidad de la construcción al finalizar la obra.
—Exacto.
—Y usted tiene fotografías, recibos de materiales, registros de pago a trabajadores y grabaciones de las reuniones.
El contratista asintió nuevamente.
—Todo está aquí.
El abogado sonrió.
—Entonces el caso es muy claro.
Mientras tanto, en la mansión recién construida, Esteban estaba celebrando con algunos amigos.
—¿Y cuánto te costó construir todo esto? —preguntó uno de ellos.
Esteban levantó su copa.
—Nada.
Los invitados rieron.
—¿Nada?
—Exacto —respondió con orgullo—. Los contratistas siempre intentan cobrar de más. Solo hay que saber cómo tratarlos.
Pero en ese momento, el timbre de la puerta sonó.
El mayordomo fue a abrir.
Afuera había tres personas.
Un abogado.
Un oficial del tribunal.
Y el contratista.
El mayordomo regresó nervioso.
—Señor… hay unas personas que quieren hablar con usted.
Esteban rodó los ojos.
—Diles que no estoy.
Pero antes de que pudiera terminar la frase, el oficial del tribunal entró al salón.
—Señor Esteban López.
El ambiente se volvió tenso.
—Tiene usted una notificación legal.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
El abogado del contratista habló con calma.
—Significa que está siendo demandado por incumplimiento de contrato.
Los amigos de Esteban comenzaron a mirarse entre ellos.
El abogado continuó.
—También estamos solicitando una orden judicial para embargar esta propiedad hasta que se pague la deuda.
La sonrisa de Esteban desapareció.
—¿Embargar mi casa?
El oficial del tribunal asintió.
—Es una medida preventiva mientras el caso se resuelve.
Esteban miró al contratista con rabia.
—Esto no te va a funcionar.
El contratista lo miró con tranquilidad.
—Yo te di la oportunidad de hacer lo correcto.
El abogado agregó:
—Además del pago por la obra, el tribunal podría exigir indemnización por daños y costos legales.
Los invitados comenzaron a irse discretamente.
La fiesta había terminado.
Esteban tomó los papeles con manos temblorosas.
—Esto es absurdo…
El contratista dio un paso adelante.
—Mis trabajadores levantaron cada ladrillo de esa casa.
Luego habló con firmeza.
—Y nadie se queda con el sudor de ellos sin pagar.
El oficial del tribunal dejó la notificación sobre la mesa.
—Tiene siete días para responder legalmente.
Cuando todos se marcharon, Esteban se quedó solo en el enorme salón de su mansión.
La misma casa que había presumido como gratis…
Ahora estaba a punto de costarle mucho más de lo que jamás había imaginado.